Nuevas armas

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Florent Zemmouche - Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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En su libro Propaganda (1928), Edward Bernays escribe: "La consciente e inteligente manipulación de los hábitos organizados y las opiniones de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Quienes manipulan este desconocido mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder en nuestro país... La inteligente minoría necesita hacer uso continuo y sistemático de la propaganda".

Esta cita aparece en las primeras páginas de la novela Tiempos recios (2019), en la que Vargas Llosa cuenta, dentro de un paralelismo con La Fiesta del Chivo (2000) –a no ser que sea una suerte de continuación–, el golpe militar en Guatemala de Carlos Castillo Armas, auspiciado por Estados Unidos, contra el gobierno de Jacobo Árbenz en 1954. Habría mucho que decir al nivel intra y extradiegético de la novela, pero también de la novela en toda la obra y vida del Nobel; otra vez será. Mientras tanto, lo que sí podemos ver ahora es cómo la actualidad sigue enclaustrada en esa repetición de la historia del poder en América Latina con siempre la omnipresencia del protagonismo militar.

Pero entonces, ¿qué tiene que ver lo de Bernays con el golpe que sufrió Árbenz y el asesinato tres años después de su sucesor, Castillo Armas? Pues todo. Vargas Llosa cuenta cómo la campaña de Bernays que hizo creer a los estadounidenses que Guatemala se estaba volviendo comunista con Arévalo y luego Árbenz –y así, una antena soviética en la región– desembocó en la injerencia de Washington.

Es una ilustración de la fuerza de aquella "propaganda", es decir de la publicidad y relaciones públicas utilizadas como armas para manipular. Técnicas que permiten crear mentiras totalmente fantasmeadas y derrocar gobiernos. Pero que también pueden sostenerlos, como pasa con el gobierno salvadoreño, acostumbrado a maquillar y esconder de lo más absurdo a lo más grave gracias a su aparato de comunicación.

Se van acumulando las paradojas normalmente infranqueables que el gobierno quiere ignorar, como el paradigmático caso de la supuesta investigación sobre la corrupción de las ONG (en la que, por supuesto, ni se considera la famosa ONG de los Gallegos), y la supuesta lucha en general contra la corrupción, concentrada en el FMLN y ARENA cuando las principales voces del oficialismo eran miembros de aquellos partidos, incluso en la época de los hechos en cuestión.

Después de la escena en la comisión con Lorena Peña, Bukele sintió la necesidad de intervenir en Twitter: "Los fondos se desembolsaron sin un documento que explicara en qué se iban a invertir". La desfachatez es grande ya que hace exactamente lo mismo para los fondos, por ejemplo, de su inexistente "Plan Control Territorial" y los gastos durante la pandemia: ningún documento, ninguna explicación. Sin mencionar el hecho que busca ahora reformar la Ley de Acceso a la Información que permite cierta transparencia en las instituciones públicas para luchar contra la corrupción. ¿Por qué será? Si no tienen nada que esconder y son verdaderamente diferentes de los "mismos de siempre", ¿por qué quieren que se apruebe la confidencialidad de las declaraciones patrimoniales de los funcionarios?

Bukele logra por ahora desviar la atención de todas sus garrafales incoherencias y contradicciones que quiere hacer olvidar gracias a su propaganda, vieja y perversa como lo muestra el caso de Edward Bernays y como lo es todo lo que el gobierno presenta como nuevo.

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