La Secta

La parafernalia que los fortalece son las múltiples mentiras que se digan sobre la inmensa cantidad de obras que ejecutarán o de cómo el país se convertirá en una superpotencia, solo porque así lo dijo el dictador de la cofradía.

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José Miguel Fortín Magaña / Médico psiquiatra

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La Secta

El 18 de noviembre de 1978 el "profeta" Jim Jones ordenó a sus fieles que se suicidaran en espera del "arrebato" que los salvaría de la condenación por el fin del mundo, que el mismo Jones había anunciado para diciembre de ese año; y peor aún, como en cualquier secta fanática la desobediencia era intolerable y a los que se resistieron se les asesinó. Así terminó la triste historia del "Templo de los Pueblos" y de Jonestown; un grupo apocalíptico que embruteció a sus miembros hasta la muerte.

El fenómeno de los cultos en donde la esencia de Dios es sustituida por la del líder mesiánico, quien se coloca en el pedestal divino, no es único ni reciente. Ya en nuestra era, durante el primer milenio, buena cantidad de denominaciones, hoy ya extintas, llevaron a sus fieles a la autoinmolación y a la muerte; incluyendo a algunos que por su inteligencia, cualquiera hubiera supuesto que eran inmunes al fanatismo y a la torpeza autodestructiva, como el caso de Tertuliano, que si bien es considerado "Padre de la Iglesia" por sus escritos originales, terminó en el año 207 por excluirse del conglomerado cristiano, sumándose a la herejía montanista y se mutiló, cercenándose los genitales, para "entrar al Reino de los Cielos", tuerto o manco, como textualmente dice la biblia (o en su caso, castrado).

Las sectas se diferencian de las devociones formales por la carencia doctrinaria y por la imperativa altivez del líder supremo, quien manda sin límites y por tanto no importa lo que haga o si cambia de opinión de un día al otro, porque siempre su voz reflejará la verdad para sus fanáticos; y nadie podrá cuestionarlo. Estas organizaciones, si bien frecuentemente son religiosas, pueden también ser políticas o de cualquier otra índole y se apartan de las doctrinas tradicionales, manteniendo un carácter secreto y de desprecio hacia quienes no comparten sus ideas.

Sobre estas, ya hay noticias en el pasado remoto y se sabe que muchas de sus festividades o reuniones, usualmente dedicadas al culto a la personalidad del gran jefe, terminaban en orgías, bacanales o más recientemente relacionándose con las drogas y el desenfreno; teniendo estos grupos una naturaleza dual en donde los sectarios dicen separarse de los demás, a los que acusan de todo lo malo, viéndose a sí mismos como los inmaculados. Así, quienes les siguen son los buenos, el verdadero Pueblo o los elegidos; y los que les critican son los perversos, los mismos de siempre, los enemigos, etcétera.

El caso es que muchos grupos políticos en la actualidad, particularmente los populistas y aquellos que son comandados por autócratas con fuertes características narcisistas, antropológicamente se comportan como una secta más, tal cual es el caso del grupo autodenominado "nuevas ideas", que rinde un aberrante culto a su jefe espiritual, el señor bukele, a quien ya muchos han elevado a la categoría redentora y en cuya defensa ya no se esgrime argumento alguno, sino el grito pavoroso del fanático, que considera lícito cualquier desmán que él o sus sacerdotes menores provoquen.

En esa iglesia civil, todo está permitido; y si algo malo pasa, siempre será culpa de los otros, sean estos los demás partidos políticos, los países vecinos o aquellos que antes fueron sus aliados; y la parafernalia que los fortalece son las múltiples mentiras que se digan sobre la inmensa cantidad de obras que ejecutarán o de cómo el país se convertirá en una superpotencia, solo porque así lo dijo el dictador de la cofradía.

Eso explica la conducta irracional de los seguidores de este nuevo califa, que lo mismo alabarían a alguno si estuviera alineado con su ídolo; o lo despedazarían al día siguiente, si perdiera la alineación.

Pero los cultos idolátricos tienen un defecto en su naturaleza, y es que no duran mucho, porque al ir perdiendo el encanto de los primeros años, el pseudo mesías, quien es al fin y al cabo el único que ordena, se va desenmascarando y quienes antes lo siguieron ciegamente, empiezan a despertar y finalmente le pasan la factura; como ocurrió con Mussolini, Calígula o Nerón.

¿Cuánto faltará para que la gente despierte del embrujo, en esta tierra nuestra? Dios quiera que muy poco.

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