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El populismo se cobra otra víctima en Centroamérica

La amarga paradoja es que si bien el populismo regional es de viejo cuño y sus raíces nos llevan a los albores del siglo anterior, proyectos como el de Castro, Bukele o Giammattei no pretenden reconstituir el Estado sobre bases más amplias, incorporar a los sectores excluidos o repensar los espacios de acumulación económica, sino sólo vaciar un poco del contenido de la construcción oligárquica y rellenarlo con otras personas, puntualmente sus financistas, aliados y hasta familiares.

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El populismo continúa campeando en América Latina. Honduras es el nuevo coto en el que el hartazgo de la población luego de años de rutina democrática, corrupción política, operación mafiosa internacional y Estado insatisfactorio desembocan en una apuesta electoral incierta.

La vecina república continúa retorciéndose en la crisis política e institucional que se abrió en 2009, con el golpe de Estado al gobierno de Manuel Zelaya. Desde entonces, las cicatrices nunca sanaron y la inestabilidad y polarización no cesaron, agravadas por la polémica reelección de Juan Orlando Hernández. La salida de ese personaje del poder deja a Honduras naufragando en una erosión democrática y de libertades civiles insoslayable, que se suma a escenarios igual de preocupantes en El Salvador y Guatemala.

Denominador común en los experimentos populistas latinoamericanos es que actores reciclados de anteriores regímenes y por supuesto los grupos económicos de agendas entre legítimamente empresariales hasta abiertamente criminales pujan por operar detrás de esos ensayos, moviendo algunos o todos los hilos. Pasa porque el populismo, al menos en este siglo, no es vehículo de inspiración ideológica -lo que hasta hace algunos años se conoció como izquierda y derecha- sino solamente una estrategia política para llegar al poder y perpetuarse en él.

De ahí que todos estos ejemplos se parezcan en el acto reflejo de atentar contra el orden jurídico y la Constitución. Así como lo anunció ayer la presidenta hondureña, Xiomara Castro, en su discurso de toma de posesión, los movimientos populistas llevan entre ceja y ceja recortar el alcance de las leyes vía asambleas constituyentes o bien ampliando las herramientas de consulta ciudadana hasta debilitar los elementos fundamentales de una Carta Magna.

Por eso, aunque un perfeccionamiento republicano en Honduras sería buena noticia para el Triángulo Norte, no hay razones para el optimismo: probablemente en próximos meses comience la conjura contra el principio de la separación de poderes, el nepotismo, el manoseo del sistema legal para perseguir a los opositores, y la satanización de los movimientos sociales, del periodismo independiente y de los medios de comunicación privados.

La amarga paradoja es que si bien el populismo regional es de viejo cuño y sus raíces nos llevan a los albores del siglo anterior, proyectos como el de Castro, Bukele o Giammattei no pretenden reconstituir el Estado sobre bases más amplias, incorporar a los sectores excluidos o repensar los espacios de acumulación económica, sino sólo vaciar un poco del contenido de la construcción oligárquica y rellenarlo con otras personas, puntualmente sus financistas, aliados y hasta familiares.

Nada pudo ser más útil para los populistas que la pandemia, que les ofreció la oportunidad de desarrollar sus peores hábitos y dárselos a probar a los ciudadanos: distribuir antes que producir, resolver los dolores de hoy a costa de las deudas de mañana, buscarle chivos expiatorios a las deficiencias de diseño del Estado y ejecutarlos en la plaza digital o pública como espectáculo de masas, y darle fuego al orden jurídico con fines tiránicos. Lo más duro de la época en Centroamérica es que la escena del Estado de derecho en llamas es hipnótico para la población, que confunde esa tragedia con un divertimento, poco menos que un show televisivo.

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