Bukele se quita la etiqueta de la inclusión y apuesta por el militarismo

Los hombres de armas sólo los necesitas para pelear una guerra. ¿El Salvador va a la guerra? ¿De eso se trata el críptico mensaje con que el presidente pretendió consolar a las familias de los estudiantes desaparecidos y asesinados la semana pasada? Si ese es el enfoque, entonces se aproximan días complicados.

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Es la primavera del militarismo. Así lo pregonó el lunes el presidente de la República, para quien tiene sentido endeudar al país con ese propósito, el de duplicar los efectivos militares con todo lo que eso supone en términos logísticos, de alimentación, de equipamiento y armamento.

La noticia, brindada ayer con exceso de los símbolos castrenses que son una de las debilidades del mandatario, confirma el rasgo autoritario y peyorativamente conservador del régimen. Es congruente que una administración que se arroga una unanimidad ridícula a su favor, que tolera la violencia contra las mujeres, proclive a la crispación más que al diálogo y que matonea e intimida a las minorías crea que el brazo armado del Estado es prioritario.

Para reconstruir el tejido social se necesitan maestros, trabajadores sociales, artistas, entrenadores, todos ellos obreros en la recuperación del espacio público y en el combate a pelo contra la marginalidad y la exclusión; los hombres de armas sólo los necesitas para pelear una guerra. ¿El Salvador va a la guerra? ¿De eso se trata el críptico mensaje con que el presidente pretendió consolar a las familias de los estudiantes desaparecidos y asesinados la semana pasada?

Si ese es el enfoque, entonces se aproximan días complicados. Si en todo conflicto hay un daño colateral y bajas entre la población, es fácil imaginar que la reaparición del Estado en territorios, barrios y colonias, y en clave represiva, supondrá alta tensión. Y con la inyección autoritaria que se ha cultivado en este bienio, en especial al Gabinete de Seguridad, será difícil contener los abusos en las comunidades así como honrar los derechos que se vean afectados. Habrá una presión sobre los buenos jueces, para que respondan solícitamente a la ciudadanía pese a la deteriorada salud de nuestro sistema judicial.

También serán días complejos porque cada vez es más obvio que algo en la política de seguridad dejó de funcionar. Durante meses, se aceptó que Bukele y su facción contuvieron los homicidios pero en perspectiva, a partir de hallazgos periodísticos y de interpretaciones a pie de calle, en realidad lo que hubo durante estos dos años fue un equilibrio que se rompió recién. El tiempo aclarará si las eventuales extradiciones de los principales líderes de una de las pandillas solicitadas por Estados Unidos tienen que ver con este desenlace.

Otra conclusión se deriva del tema: al negocio de la pandemia le sucederá el negocio de la militarización. Por ende, se avecina una nueva ola de opacidad en la administración de los recursos, de información secuestrada y de proveedores insospechados para el Estado, ahora a través de la Fuerza Armada.

Y última en la fila figura la convicción de que este régimen no planificó cosa alguna, que todo son improvisaciones, que no hay proyecto, sólo reactividad y discurso. El giro de 180 grados en el enfoque de este tema será caro para la población en todos los sentidos posibles; también lo será para el gobierno, porque los operadores que empeñaron sus esfuerzos en el territorio hablando de inclusión y tejido social quedan en un delicado entredicho.

Pero a Bukele no le importa si las facturas son caras, al fin de cuentas no las paga él sino una nación que continúa entre distraída y sorprendida.

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